
La renovación total de la Cámara de Diputados y la mitad del Senado, más la elección presidencial, marcarán el destino del país para los próximos 4 años e incluso más allá.
Está claro que cualquiera sea el resultado para la primera magistratura, será necesario buscar acuerdos con la oposición para seguir avanzando hacia un país desarrollado, donde la inequidad sea sólo un mal recuerdo.
El hecho de que el decil más rico de Chile, disfrute del 47% de la torta que produce el país, constituye un motivo de profunda preocupación.
Es un dato que no se puede disimular, ni menos ocultar.
De allí deriva una serie de efectos nocivos que es necesario corregir. Entre otras materias, la calidad de la educación. Si a eso agregamos la creciente atomización de la sociedad, donde la segregación será cada vez más evidente y donde se perderá mixtura social – que era una de las cualidades de Chile – quiere decir que estamos en problemas, como afirma el sacerdote Felipe Berríos.
Los más de 8 millones de electores tienen amplia libertad para elegir entre los 4 postulantes a la Moneda.
A la hora de marcar la preferencia los chilenos deberíamos pensar en aquel que sea capaz de darle gobernabilidad al país.
El presidente que surja de las urnas deberá actuar en concordancia con una categoría de valores que sean compartidos por la mayoría de los chilenos y no grupo de poder, que por muy legítimos que sean, no pretendan imponerse al resto de la población.
El presidente elegido tiene el deber de avanzar con una visión estratégica para alcanzar los objetivos y los propósitos de una sociedad equitativa, más justa y solidaria.
Las metas del próximo presidente sólo podrán cristalizarse en un clima de relativa armonía, cuyo referente está marcado por lo que Chile ha hecho a partir de la recuperación de la democracia.
La ética política es un norte fundamental de todo buen gobernante, y que se pone a prueba en el ejercicio del poder, donde el accionar en la vida pública pasada, es un referente para saber que nos espera con tal cual candidato que busca el favor de la ciudadanía.
Una de las cualidades fundamental del ciudadano presidente deber ser la honestidad. Para eso es necesario, ahora y no después, quien se ha expresado en forma coherente y sincera de acuerdo con valores como la verdad (lo contrario de la mentira y el engaño) y la justicia (lo contrario de la arbitrariedad y la discriminación). Más aún. Nuestro deber cívico es examinar si el candidato de nuestra preferencia se ha comportado concordante con esos principios. Si siente y piensa como dice o es pura mercadotecnia.
Si el chileno que quiere terciarse la banda presidencial es honesto tiene que serlo consigo mismo para empezar. Su respeto por la verdad y las demás personas, su consecuencia con los hechos en forma transparente, nos revelarán un cuadro de honestidad.
Si alguna vez tuvo poder en un cargo público (presidente, ministro, senador y diputado como es el caso que comentamos) en el ámbito privado o en cualquier entidad, son escenarios para examinar en conciencia, a quien vamos a elegir.
Así podremos decidir bien. A alguien que tenga una calidad humana de excelencia, en una persona a quien podamos entregarle la confianza plena.
Sólo así tendremos un presidente que despeje las dudas sobre la intención de favorecer sus intereses personales, de su sector o de su grupo.
Debemos buscar en las urnas un mandatario que esté pensando en el bien común. En aquellos chilenos que necesitan mejor educación, acceso a la salud plena, vivienda más digna, seguridad ciudadana, salario justo y digno, más y mejor empleo, apoyo para innovación y el emprendimiento.
En suma, Chile necesita un presidente que le garantice gobernabilidad democrática y que al mismo tiempo profundamente honesto.